La pobre vieja
Tuve
una vecina anciana, muy anciana, nadie sabía con exactitud su edad pero en el
barrio se decía que tenía entre ochenta y siete, y noventa y cinco años. Vivía
con la soledad, lo que significaba que hacía todos los quehaceres de la casa
ella sol. Su casa quedaba justo en frente de la mía, una estrecha calle de
tierra nos separaba. La verdad es que la vieja era un misterio para todo el
barrio, a mí en particular me llamaba la atención. Durante la noche la mujer
sollozaba y lloraba tan fuerte que se escuchaba desde mi habitación. Algunos
vecinos habían acudido a su casa para ofrecerle ayuda, pero la vieja no atendía
la puerta. Una particularidad de la vieja era que siempre tenía una pequeña
ventana abierta, no sé para qué.
Jamás
vi personas que la fueran a visitar, ni mucho menos que tuviera mascota, su
casa era sinónimo de despoblamiento. Una sola vez mientras viví en ese barrio
la vi salir de su casa para socorrer a un animal: había un perro casi inmóvil
en medio de la calle seguramente había sido atropellado por un auto, si yo no
hubiera estado usando muletas en aquellos años, hubiera salido a ayudarla. Se
notaba que era un perro de la calle, estaba viejo, sucio, flaco, le faltaba
pelo en la espalda, tenía un instinto furioso y parecía que la vida le dolía,
que le dolían los golpes, el maltrato de la calle, el hambre y la poca atención
que recibía. El pobre animal no quería, bajo ninguna circunstancia, que la
vieja lo tocara, si hubiera podido correr probablemente hubiera huido; el dolor
no le permitía moverse, pero si llorar y quejarse con tal fuerza que se volvía
insoportable para los que estábamos lo suficientemente cerca. Lo cierto es que
la vieja vendó al animal en el momento y lo llevó adentro de su casa,
seguramente, para curarlo. A medida que el tiempo avanzaba, notable era que el
perro la odiaba, no se escapaba sólo porque la mujer lo tenía encerrado.
Cuando
yo volvía de la escuela todos los días, el perro estaba acostado mirando hacia
afuera (si no fuera un perro diría «con un gran deseo de salir al sol»). Un día el perro se escapó, salió con tal rapidez que
apenas lo reconocí «es
libre» pensé, «quién sabe qué cosas horribles le hará esa mujer al
animal» observó mi mamá. Para la suerte de mi vecina un hombre
le trajo el perro nuevamente a su casa. Pobre perro
Al poco tiempo el perro volvió a
escapar, esta vez por la ventana que la vieja siempre tenía abierta. No se lo
volvió a ver al animal durante días, días entre los que la pobre vieja murió. Se
decía que el lechero la encontró, él era de confianza, siempre pasaba a la
casita, le dejaba la leche en la mesa y tomaba su dinero; aquella vez, el
lechero entró hablándole a la doña, que estaba sentada en una mecedora, mas
ella nunca contestó. Aunque no todos tenían contacto con la vieja, su muerte se
sintió en todo el vecindario, podía oler la tristeza entre mis vecinos, ahora
ya no miraba la casa para ver qué cosas hacía la vieja, sino simplemente para verla.
Cuando
me quitaron las muletas, volví a ir caminando a la escuela, estaba emocionado,
hacía mucho tiempo que iba en carro. Ya no más. Ese día volviendo de la escuela
sin darme cuenta pasé por delante de la casa de la vieja, se me ocurre frenar
por una milésima de segundo. Miro la casa: aún seguía la ventana abierta y,
junto a ella, el perro, podría haber asegurado que estaba tieso, pero no me
animé si quiera a tocarlo. Lo que sí aseguro es que en su mirada detecté la
nostalgia más evidente y profunda que he presenciado en mi vida.
