martes, 28 de enero de 2020

Relato IV



La Muerte en vida

Desde niña me pasaba horas viendo una y otra vez las películas de Barbie y Princesas de Disney, eran mis preferidas, tal es así que había adoptado, sin darme cuenta, ciertos hábitos o verdades prácticamente indiscutibles, ya saben… cuestiones como: las niñas usan vestidos y son educadas, a las niñas les gusta el rosa y son obedientes, las niñas deben ser moderadas y delicadas… las niñas no pelean y son calladas, las niñas deben esperar ser rescatadas por un “príncipe” y también ser correctas; pero la idea que más me identificaba y que me marcó durante mucho tiempo era “el amor lo puede todo”. 
  Esas características quedaron en mi consciente y se instalaron de una forma casi imperceptible. Tal es así que más tarde al seguir rigurosamente esas ideas puede encontrar a lo que creía que era mi príncipe azul. Lo sabía porque cumplía con los requisitos que me habían enseñado las películas: ser bonito, tener dinero y ser un perfecto extraño. Tuvimos un noviazgo y una relación implacable, era feliz porque mis padres lo amaban, yo lo amaba. Era todo lo que alguna vez quise: elegante, carismático, inteligente y predispuesto. Era feliz. Era feliz, aunque a veces tenía algunas actitudes difíciles de tragar, por ejemplo, cuando elevaba el tono de su voz conmigo sin razones aparentes, yo las soportaba porque tenía que ser educada y obediente y no responder como él; otras veces hacía comentarios de mal gusto, especialmente sobre mí, pero él decía que solo eran bromas, que no tenía por qué ofenderme, que no sea tan sensible… y él tenía razón, pues, yo debía ser callada y correcta. 
Hace poco tiempo tuvimos una escena: salíamos a comer juntos con un par de amigos, yo elegí ponerme un vestido que me habían regalado, cuando ya estaba lista para irnos él me observó detenidamente algo molesto y apuntó irritado que mi vestido era muy escotado e “indecente” para la cena, creía que podría haber estado en lo correcto así que me lo cambié por otro, pero ese “otro” era muy corto y se enfadó más conmigo, no solo por el vestido, sino por el tiempo que había perdido; no dije nada… yo tenía que ser delicada y moderada. Esa noche al final no salimos porque él estaba demasiado enfadado para ello, por supuesto, era mi culpa, siempre que se enojaba era por mi culpa. Situaciones de esa índole se volvieron cada vez más frecuentes, hasta que una vez se enfadó tanto que me aprisionó violentamente contra la pared sujetándome de los brazos para que no pudiera moverme, y mirándome directamente dijo: “Si me pongo así es por tu culpa”. Pensé que debía contarle todo esto a alguien cercano, pero si todo es mi culpa ¿Cómo me van a ayudar? ¿Qué… qué habrían pensado de mí? 
“pero no seas exagerada”
“las mujeres siempre exageran todo”
  La situación con mi él jamás mejoró, aunque al final se arrepentía de decir o hacer ciertas cosas, en realidad todo estaba cada vez peor. Ahora el problema no eran solo los vestidos cortos, los chistes sarcásticos o las palabras hirientes, sino también las miradas furiosas ante un desacuerdo que me inhibían completamente de hablar por miedo; la sujeción violenta por los brazos queriendo demostrar quién era la autoridad; y sobre todo… las amenazas que pensé y nunca cumpliría. Realmente yo… sentía que algo estaba muy mal, que algo muy malo iba a pasarme, sabía que esto estaba transformándose en violencia. Quise hablar con mis padres y aún recuerdo sus ásperas e insensibles palabras: “Vos te la buscaste, ahora bancatelá”. Y eso hice.
  Aguanté sus enojos, sus miradas fulminantes, sus insultos, siempre pensando ingenuamente que él iba a cambiar porque siempre, siempre después de una pelea, cuando él notaba que yo me ahogaba en mis propias lágrimas y me costaba respirar… (pausa) me pedía perdón, reconocía sus errores, lloraba ante mí, “lamentaba lastimarme” y prometía no volver a hacerlo. Y yo siempre lo perdoné porque “El amor lo puede todo” ¿No?
  Me costó mucho tiempo darme cuenta de que el modelo de amor instaurado subconscientemente en mí, estaba ligado al modelo de la violencia. No podía pensar… cuando aparecía, y su presencia me oprimía el cuerpo, todavía recuerdo su mirada con esas palabras: “Cuando me aceptaste, me quisiste como era, no puedo cambiar lo que ya soy solo por tu antojo” que fueron una gran traba para mí durante mucho tiempo. No era consciente de la gran violencia presente en las situaciones donde me hacía callar “porque no sabía nada”; donde me culpabilizaba por su enfado, aunque sea por pequeños detalles; donde me aislaba del resto del mundo al destruir mi autoestima; no podía…  sentía que no podía procesar lo violentas que eran sus amenazas de castigos, de golpes o, incluso, de muerte. Suena ilógico ¿Verdad? Pensar que todo eso lo hacía por amor. Lo había perdido todo… la felicidad, las ganas de luchar, las sonrisas, y no sólo las perdí, me las quitaron… él que ejerció su violencia durante un tiempo que (me pareció) una infinidad, mi familia que le restó importancia a lo que me pasaba, mis amigos que me tildaron de exagerada. Y si no tenía a nadie al lado que me apoyara ¿Qué iba a hacer? ¿Adónde iba a ir? ¿Cómo iba a mostrarme totalmente desahuciada? No podía sola, así que me quedé, me quedé privándome de sentir, de reír, con una presión en el pecho que constantemente estaba ahí, con miedo hasta de seguir viviendo, rogando todo el tiempo que “ese fuera mi día”, que ese día me tocara salir.
Recientemente aprendí que la peor violencia que pueden ejercer contra uno es infundir la ignorancia. Únicamente entendiendo eso comencé a poder procesar todo, que todo fue violento, y que yo no me lo merecía. Díganme, familia, amigos, pareja, acompañantes ¿Acaso me merecía… esto?
*Descubre su cuerpo enseñando un cuerpo lleno de golpes, marcas, heridas y sangre * 
¿Era esto lo que quería para mí?

Imágenes sacadas en el evento ❕"Larrock N Roll", donde expuse en vivo la lectura. Fotos de ❕Flavia Paredes y ❕Florencia Tagliabue. Derechos de las fotos reservadas al evento y a las fotógrafas antes mencionados. Agradecimientos especiales a mis actores: Emilia Escobar, Camila Taffarel y Lihuén Elías Fiorotto